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Ghost. We're all haunted here.

sábado, 12 de abril de 2014

Salvando insalvables salvadoras.

La tacita está sorprendentemente entera y hace un ligero cling cuando su vecina la deja sobre el platillo. El té huele dulzón y no exactamente a té, y prácticamente está hirviendo pero eso es una de las cosas que no detiene a las siempre heladas manos de Drea. El mantel es justo lo contrario, una tela rugosa que tiene parches aquí y allá, pegatinas de grupos musicales o citas de algo que ella no ha visto ni leído ni escuchado en toda su vida y cubre una mesita redonda y típica. El apartamento es ligeramente más grande que el suyo, en realidad, pero parece infinito y laberíntico y destartalado como el edificio entero, y aunque no lo ha pisado en su vida, en realidad (con la brillante excepción del felpudo, la vez que le entregaron una carta que rezaba AL CABRÓN DE SALEM en el sobre y que evidentemente no era para ella) no puede evitar sentirse un poco como en casa, debajo de sus capas de timidez constante.

La vecina toma asiento frente a ella y se aparta un mechón de ese pelo rubio de la cara con gesto ausente, antes de agarrar una baraja de tarot y comenzar a mezclar las cartas. Hay un platito de pastas y un azucarero entre ellas -la parte de ¿lo tomas con leche? y el no, no, gracias ha pasado ya- y a Drea su vecina se le hace cada vez más extraña.

Y eso que no es quién para decir nada.

-Puedes llamarme Pitia. -La voz la conoce mejor que las otras cosas, y suena un poco cascada pero un poco suave, como una prostituta trasnochada de cuarenta y una niña descreída de cinco. Es rara y se mezcla  de la manera justa para que sobre todo uno note que arrastra un poco la r, como si sonase más de lo que debería, y que parece aburrida. Pero le ofrece un nombre sin una sonrisa y Drea no necesita ser demasiado perspicaz para saber que no es de verdad.
-Pero ese no es tu nombre. -Todo el valor que ha ido acumulando este año, gramito a gramito, se condensa como en una locura y sale por su boca de repente, como si no estuviera cuestionando a la persona que acaba de salvarle la vida.

Pitia sonríe, y sus ojos se mueven de acá para allá, incapaces de clavarse en los suyos durante mucho rato (y Drea los sigue, porque siempre le gustó mirar directamente a la persona con la que hablaba. Pitia los mueve muy poquito, apenas un milímetro, pero es suficiente como para que se de cuenta), mientras sus manos siguen mezclando la baraja y la boca se le curva ligeramente hacia arriba. Y es justo entonces cuando a la chica que vendió su color de pelo se le ocurre que eso es lo que pasa, que Pitia habla y mueve los ojos y los dedos y los labios y parecen entes diferentes, como si alguien hubiera cogido trozos diferentes de cuerpos diferentes y los hubiera pegado de cualquier manera, sin preocuparse de si iban a llevarse bien entre ellos. Es armonioso de la misma manera que lo sería el caos, y Pitia señala con la nariz las pastas (que sí que tienen buena pinta) y no habla hasta que Drea se traga la timidez y alarga la mano para coger una.

-No lo es. ¿Quieres saber mi verdadero nombre? -La pregunta sólo quiere decir que no lo sabrá hoy. Ni mañana.

El silencio que se extiende esta vez es amable y cómodo y se corta de vez en cuando, cuando Drea deja la tacita con cuidado en el plato o incluso se atreve a coger otra galleta y Pitia juguetea con sus cartas, como si en realidad fueran de póker y aquello fuera un casino.

-Mejor hablamos de otra cosa. ¿Eres de Cosmópolis, Drea?
-Dicen que nadie de Cosmópolis es realmente de Cosmópolis. -Se encoge de hombros y se permite el lugar común como un homenaje a sí misma y un pequeño gracias después de todos los que ha repetido ya, en realidad.- Pero yo sí. ¿Y tú?
-No. ¿Y cómo has acabado viviendo en este agujero? ¿Problemas familiares?

Y Drea se muerde la lengua para no contestarle un dímelo tú, aunque eso suena a que está a gusto ahí, con Pitia, con su voz que no pega con su boca y sus ojos tan frenéticos como sus dedos. También tiene un pelo precioso. Es la primera vez que Drea no tiembla en mucho tiempo. Está cómoda y sus ojos verdes como canicas brillan un poquito. Seguro que Pitia se da cuenta, y por eso sonríe así, como si la pregunta de los problemas familiares fuera a propósito para molestarla.

-No. O sea. No podría, sabes. -Se traba un poquito pero es por el susto y por todo, porque no es que haya una situación que no la supere.
-¿No tienes? -Las cartas siguen girando bajo sus dedos, susurrando, seguramente, tan bajo y en un idioma tan secreto que ella no lo oye ni lo entendería.
-Sí, sí que tengo. -La sonrisa sí que sale fácil ahí, aunque se encalla un poco hacia la izquierda porque sus padres no son un buen asunto pero- Tengo un hermano mayor. No nos vemos... Demasiado, ¿sabes? Pero a veces. Se puede contar con él. A veces. Creo.
-Los hermanos mayores no suelen valer para nada. -Ofrece Pitia, dándole un traguito diminuto a su propio té.- ¿Cómo se llama?

Ah.

-No puedo decírtelo. -Y es verdad. Le hicieron firmar un papel, aunque en esa temporada no estaba muy bien y se estaba acostumbrando al cambio y no se acuerda exactamente, pero él se lo dice siempre que se ven (aunque sean pocas veces, como en Navidad o el día de su cumpleaños)- O sea. ¿Sabes The Cigarros?

La forma de su vecina de alzar las dejas le dice que sí, sabe. Tal vez lo que le dicen las arrugas sobre el puente de su nariz es que la frase no está bien construida, querida. Drea no lo sabe y por eso sigue hablando.

-Sabes. Pues. El bajista. Smoke. Ya sabes, el escandaloso. El de. Bueno. Smoke. -Otro encogerse de hombros y otra sonrisa tímida.
-¿Sí? Vaya. No os parecéis mucho, ¿no? -Claro que no se parecen. Su hermano es alto y tiene la voz ronca y la espalda llena de cicatrices y el pelo que se le ondula de una manera un poco extraña. Su hermano tiene unos ojos afilados como sus dientes y se ríe de todos y todo es una broma. En el fondo se parecen en la constitución. Un poquito. Pero nadie los relacionaría y ahí está la gracia. Es una especie de chiste privado  entre dos personas que ya no comparten nada. Su hermano sigue riéndose de ella pero eso es porque se ríe de todo y de todos. La chica que vendió su color de pelo se pasa una mano por la cara antes de comentar:
-De todas maneras, este agujero es menos agujero que otros sitios. -Al menos para Drea, que ha dormido en parques un par de veces. Un buen montón de largas historias. Pitia asiente.-Y yo no ocupo mucho ni necesito muchas cosas, ni nada.

El mazo de tarot desaparece de repente y su vecina se mete una galleta entera a la boca, tragándola casi sin masticar. Se queda pensativa un rato, los ojos clavados en un punto lejano sobre su hombro derecho. Drea juguetea con la tacita entre las manos mientras se va bebiendo el té a traguitos pequeños, esperando. ¿A qué? Tampoco es que lo sepa, pero supone que Pitia va a volver en algún momento a la tierra y hablará. Tal vez incluya una pequeña inflexión esta vez, un eco que no sea el del aburrimiento.

-Supongo que no, ¿eh? -La sonrisa es cordial, los ojos son crueles. Las manos se han detenido, extendidas sobre el mantel, resiguiendo algún camino de hilos.- No necesitas demasiado, pero, sin embargo, haces tratos con los jefes de Dédalo. No te confundas conmigo, Drea. Hoy te he salvado la vida pero no ha sido gratuito. No me importan tus motivos, ni lo que vendieras ni a cambio de qué. Me trae sin cuidado, pero no eres una chica cualquiera. Dejas de serlo en cuanto compras un sueño.
>>Así que dime, Drea Schaffer, ¿qué parte del trato has incumplido y por qué?

lunes, 9 de diciembre de 2013

Cartas que nunca redacté. (I)

Te escribiría algo profundo y con significado
pero las palabras se me secan en cuanto intento entrar un poco más.
Tengo la mente tan entumecida como las manos,
pero respiro humo y
te sonríen mis dientes afilados.

(Creo que de momento es 
suficiente.)


martes, 3 de diciembre de 2013

Metiste tu veneno en una botella que se te olvidó cerrar

(y yo me lo bebí)

Tú te acuerdas del precipicio porque lo tenías clavado dentro, y porque no sabías qué era lo que había al fondo. Lo que sí sabías era lo que había al otro lado del acantilado.

Todas tus heridas abiertas se habían refugiado ahí, donde no podías cerrarlas porque no encontrabas el puente de tablas que te permitiría cruzar sin caerte a tu propia balsa de desconocimiento. Te acuerdas de tu precipicio brumoso, de la niebla y de la oscuridad, de la metáfora de tu propia ignorancia, pero no te acuerdas de que el puente lo cortaste tú.

Tú te acuerdas, pero es que has crecido y te crees que no lo sé. Siempre has sabido fingir que no sabes de qué hablo, a bailar con una sonrisa en los labios delante de una niña de ojos grandes y mirada inquieta que bebía de todo lo que le enseñabas. El problema es que también aprendí a quedarme con lo que no me estabas enseñando. Yo me acuerdo de tu precipicio porque fue una herencia más, como la cafetera de metal y los cojines raídos del sofá.

Me lo pasaste y me lo clavé dentro, entre la mirada enorme e hiperactiva que me gustaría pensar que me diste tú. No puedo pensarlo porque ya no sé pensar mentiras.

No te creías muy listo, pero sí creías que lo eras más que yo. El diablo sabe más por viejo que por diablo, pero yo fui tu aprendiz de demonio personal. Me pasaste tus ideas sobre tu revolución pero no me preparaste para la que tenía que vivir yo. Me enseñaste a navegar, sí, pero me diste un mapa equivocado. Me regalaste un sentimiento de abandono que no tenía que sentir todavía.

El problema es que fue sin querer y no puedo guardarte ningún rencor. 
Todavía me sé los himnos que me enseñaste sin pretenderlo. Los canto con la voz aguda que siempre te gustó y nunca sacaba cuando canto con el resto de herederos de vuestras ruinas.

¿Sabes qué? Son como yo. Son como tú, como los tuyos, como los vuestros. Damos pena. Somos vintage. Qué asco. 
Por lo menos no estamos de moda. 

Corté las cuerdas de mi puente y estoy dejando que se me infecten las heridas, porque la gangrena se me va a quedar dentro. Creceré y no seré como tú. Seré peor, porque soy de los que van a peor. Eres casi la mejor persona del mundo, y no quieres que tire mis zapatos de niña mayor por el precipicio. Ya lo hice. 

No soy como tú, nunca del todo. Es el destino quien reparte las cartas.
Vosotros me enseñasteis a querer robar la baraja.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Que no se te ocurra sacarme de mi infierno.

Regresó pálida, vestida de negro.

No la esperaban, y era la primera vez que no la esperaba nadie. Las cosas habían cambiado y todos parecían haberse dado cuenta hacía tiempo. Ella lo sabía también.

Regresó y volvía a atrapar la luz con la piel calcárea, a moverlos a todos con aquellos ojos de hielo. Rose le abrió la puerta y todos la vieron encogerse un segundo antes de que no pasara absolutamente nada. Le abrió la puerta casi con reverencia, casi con miedo. Como siempre. Las cosas habían cambiado, pero nunca del todo. Da igual que cambies el color del puzzle, las piezas siguen encajando bien.

Entró sin tormentas. Entró vestida de negro de los pies a la cabeza, sin escotes, sin provocaciones. Estaba más delgada. Mucho más que la última vez que todos la habían visto (y eso era de esperar, claro), y muchísimo más de lo que esperaban todos. Cada paso que dio subida a unos tacones altísimos hasta situarse en el centro del salón, de aquella reunión de locos estupefactos, era funcional, estaba calculado al detalle.

Seguía ahí y parecía más tangible que nunca. Los miró a todos, aguardando la avalancha de exclamaciones y preguntas que
por supuesto
llegó.

Havel tenía unos ojos somnolientos y negros que se iban a desorbitar mientras escupía incoherencias a diestro y siniestro, incrédulo y anclado en su sitio del sofá, con la baraja en la mano. Vriska se había echado a reír, una sarta de insultos entre carcajada de loca y aguda carcajada. Suspiro suspiró, porque era lo único que se le ocurría. Rose fue directa al qué tal estás, al dónde has estado todo este tiempo. Las hermanas Vinter se habían quedado heladas bajo su mirada -porque le tenían  miedo, a ella, porque ellas eran malas, malas por naturaleza y por obligación, pero ella, oh, ella siempre había sido mil veces peor- y para cuando Maria frunció su ceño plagado de pecas, Aletta ya había ideado un plan de escape casi perfecto. Al detective Culkin se le cayó el cigarrillo de los labios y la ceniza se confundió con las baldosas grises.

Samnang se limitó a su sonrisa de serpiente.

Y por supuesto, ella fue directa a él.

-Cómo va ese ojo, Afortunado. -Tenía la misma voz de soprano de siempre. Ah, las cosas habían cambiado, pero no tanto.
-Se deja llevar. -Contestó, rozándose el parche con el dedo corazón. Era una respuesta refleja.

Y por supuesto, era un error.
Lo muerto no duele. Era un error.

Sunday Boss no le devolvió la sonrisa hasta que no le acarició la cara con aquellos dedos suaves y fríos.

-Seguro que no.

(Corred.)

martes, 19 de noviembre de 2013

But what's worse is this pain in here, I can't stay in here, ain't it clear that

(violence becomes tranquility
violence becomes normal
when violence becomes entertaining)


(Antes de todo.)
En sus cabezas todavía sonaba Another One Bites The Dust mientras andaban con la lentitud de dos críos de quince y medio y la chaqueta de cuero de Louie, que aún estaba más delgado entonces y parecía un poco más pequeño, más insignificante.
Ya le habían rajado la cara, pero las cicatrices no importaban nunca.  Gabe usaba capuchas más profundas, y  era más bajito (aunque le faltaban cuatro, cinco centímetros para llegar a lo que mide ahora) y se habían rapado la cabeza hacía poco.  Todavía parecían empeñados en creerse que no tenían sentimientos,  que podían con todo porque no había más normas que las que les venían impregnadas en la piel, y en realidad ninguno tenía suficiente confianza con el otro (todavía) como para reconocer en voz alta que la visión de los mechones rubios de los dos (el pelo liso y muy claro de Louie  entrometiéndose en los rizos color miel de Gabe) les provocó una náusea extraña y sin sentido.
Louie aún no entendía bien de simbolismos.                                                                                              Gabe nunca había necesitado clases.
Llevaban bates y cadenas porque eran sus únicos refugios reales. La hermandad que les proporcionaba la violencia, el coche destrozándose por una razón (Louie lo decía con un fervor que a su mejor amigo se le trababa en el fondo del paladar, aún entonces), los momentos brillantes del porro de después, hablando de la cara oculta de la luna en un descampado en el que refulgían las agujas de los junkies. Se miraban de soslayo, poco a poco, mordiendo sonrisas con dientes mellados (Gabe) y la boca estirada (Louie). Eran los mejores amigos y al principio sólo los unía el sonido de los cristales estallando, los golpes que daban y los que habían recibido, y los que aún estaban por llegar. Eran los mejores amigos aunque uno estuviera destrozado –reducido a polvo, trizas, añicos, cenizas- y el otro retorcido por todas partes –estaba mal,  era terrible porque no sabías hacia qué lado se iba a combar en ningún momento-, porque no podría haber sido de otra manera, nunca, jamás.

(Luego se hicieron mayores
y Louie aprendió a sonreír como si no le importara

pero lo peor que pudieron hacer nunca fue crecer).

viernes, 4 de octubre de 2013

Lo que pasa es que Samnang quería jugarse el otro ojo.

There's traps inside us all
There's traps inside us all
There's traps inside us all
(And the knife is so tall)

Era una tarde tan absurdamente normal que seguro que tenía que dolerle en alguna parte. Suspiro suspiraba parapetado detrás de su Sentido y sensibilidad, Rose fregaba los platos con un estruendo que quería cortar el silencio y la calma sin llegar a conseguirlo jamás y Havel jugaba a las cartas con Vriska, que le estaba dando una paliza sin prestar atención alguna.

Si Samnang no hubiera sido un perturbado (pero lo era) hubiera estado temblando porque nada debería asustarle más que aquella normalidad que se les estaba estirando demasiado. Casi ya ni podía contar los días que Rose había frotado la vajilla desigual y desgastada como si la estuviese ofendiendo mortalmente, ni sabría decir exactamente cuántos libros de las escritoras victorianas había traído Suspiro a la mesita del salón, ni recordaba cuánto dinero le debía ya Havel a Vriska. Debería darle miedo que nadie le hubiera puesto una pistola en la sien en las últimas semanas porque Samnang sabía por experiencia que la próxima vez el cañón iba a ser más grande.

Pero Samnang era un loco que sabía demasiado bien que su madre lo había llamado afortunado, así que se ajustaba el parche del izquierdo y se dejaba llevar. Tampoco estaba a gusto, porque su culo inquieto nunca estaba a gusto, pero le gustaba la forma que tenía el pelo de Rose cuando le caía sobre la nariz.

Y el agorero siempre había sido Suspiro.

Rose terminó de fregar en algún momento, y el ruido cesó y pasó a ser sustituido por el silbidito de Havel al oírla pasar y el golpeteo sordo y mudo de sus calcetines desparejados contra las baldosas congeladas, antes de que se sentase a su lado, el sofá amoldándose a su cuerpo, el pelo rubio y largo cayéndole por los hombros anchos y rozándole el brazo a Samnang. Suspiró a la vez que Suspiro y Samnang abrió el ojo bueno.

-Podría acostumbrarme a esto. -Tenía la nariz menos fruncida que nunca y parecía triste, triste como si se estuviese apagando un poquito más de lo normal, poco a poco. Samnang asintió, ausente, pensando que él también podría acostumbrarse a eso si acostumbrarse algo entrara en sus facultades, porque seguro que era fácil, la calma y el seguir vivo al levantarse y el ruido de los platos y de las páginas y de las cartas y el aloe vera secándose sobre la tele. Podría.
-No tientes al diablo. -Vriska tenía algo de adivina y algo de mal augurio y ladeaba la cabeza por encima de sus cartas, los ojos entornados. La voz le sonaba a diablillo y a botella de absenta.
-No seas imbécil, Vriska. -La sonrisa de Samnang tentaba del todo, dientes de tiburón y descaro por todos lados, sólo porque podía y porque estaba oyendo a Suspiro cortocircuitar a un lado o atragantarse en las mil maldiciones que quería echarle a la vez y le gustaba.- Qué podría pasar.

Havel bufó, como un gato al que le tiras agua fría y soltó la baraja de golpe. Era su cara de ya la estáis liando, y Rose arrugó el ceño pero no dijo nada mientras Suspiro gimoteaba que no es justo, no, no no, Vriska, no hagas nada, no y ellos dos se reían como los locos que eran porque ellos no iban a hacer nada.

Pero esa fue la tarde que estalló la tormenta.
Y esa fue la tarde que volvieron las Vinter.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Y duele donde no debería.

Hay silencios.

Son a veces, silencios cómodos en los que acurrucarse después de un comentario agudo de Gabe o de la última carcajada de Eric. Son a veces,  silencios entre ruido blanco, en una cafetería que tuvo años mejores (con una camarera que también) pero que hace los mejores gofres de la ciudad (y el peor café) o en la calle, cálidos y brillantes como un domingo por la tarde sabiendo que el lunes no hay nada que hacer. Un segundo o dos para sonreír (Eric sonríe abierto y tiene un colmillo torcido y es gracioso y a Gabe, que está acostumbrado a sonrisas de medio lado que sólo son malas intenciones, le parece una sonrisa bonita y casi poco hipster, aunque Eric es un hipster auténtico pese a no llevar gafas. Él sonríe en secreto debajo de la capucha, labios apretados y ojos entornados, para que no se le note).

Hay silencios y son cómodos, y es normal, porque no pueden estar hablando siempre y porque Gabe habla bastante en confianza, pero el no hablar también le gusta y porque Eric es tímido, y porque se bordean, se buscan las fronteras el uno al otro, porque van con cuidado, intentando no romperse.

Pero hay silencios que no lo son.

Son tensos y se estiran como una agonía, son a veces, como cuando van en el coche y están cansados o el conductor de delante es un imbécil o el día de Eric en el hospital ha sido una mierda o Gabe tiene uno de los suyos y está temblando debajo de tres camisetas pero no quiere hablar de ello.

Son silencios que tienen a Gabe con los ojos casi azules o sin ser verdes del todo, clavados en el espejo, insondables y enfadados sólo porque sí, mirándolo a él sin una palabra y sin girar la cabeza, el gesto adusto y mala cara, queriendo preguntarle que qué, si ha buscado a Gabriele Carlevaro en los archivos del hospital, que cuánto ha flipado, que si tiene alguna pregunta. Que si espera alguna respuesta.

Eric siempre le devuelve la mirada, a través del retrovisor, esos ojos marrón chocolate por los que asoma una paciencia insultante, de las que duelen.

Hay silencios. Algunos no son cómodos.

(Gabe a veces piensa
que Eric se merece una verdad, o al menos algo que no sea del todo mentira, y cree que podría contárselo pero la mirada de Alistair, gris piedra, le recuerda que no puede
no puede.)

jueves, 15 de agosto de 2013

Mejor ser un extraño que no uno más del rebaño

No empuje señora bajo en la próxima que ni usted es marquesa ni yo un miserable
mi generación suele ser más amable, más criticable
pero no escuchamos a nadie
cuando nos falta cariño es como si nos falta el aire

El metro aprisiona y aprisiona y a Laura le gusta lo suficiente como para relajar los hombros, allí, bajo tierra y rodeada de cuerpos anónimos, metida en un tren, lejos y lejos del cielo abierto.
A Lester el metro le es indiferente, como casi todo lo que le gusta a ella un poco más de un poco, pero ahí está, su cuerpo recostado en una barra de manera casi imposible, una cresta desafiante y ropa negra, una sonrisa de bobalicón mientras distrae a todos los incautos que se dejan distraer por un chico demasiado poco común y una chica mediocre que discuten a gritos sólo porque sí y de cosas que nunca son del todo mentira para ser una actuación.

En el mismo tren y nunca en el mismo vagón (una vieja estrategia), Gabe se está muriendo del asco. Se mueve como una culebrilla entre la gente y suspira y mete manos en bolsos y bolsillos como si no estuviera ahí, un fantasma encapuchado y con un mohín que en realidad sólo es una expresión de pánico corriente y moliente. La gente le roza al pasar, le pisan, le tocan y Gabe tiembla, pero hace su trabajo no (nunca) diligentemente pero sí con rapidez y sin quejarse, sobresaltado, asustado cada vez que una mujer de ojos demasiado amables o de expresión demasiado altanera le echa más de dos miradas, y mira que lleva años en esto pero nunca va a dejar de pasarle.

No somos ciegos cuando vemos humo es que hay fuego 
comentarios cuando llego sucias batallitas de ego, cuidao que 
no somos ciegos, diles que
donde vemos humo es que hay fuego
trampas en el juego

Cuando salen al exterior es Lester, el eterno Lester al que todo lo que le gusta aLaura le es indiferente pero todo lo que la agobia le molesta un poquito el que le acaricia la muñeca con dos dedos, un sólo segundo antes de limpiarse las lágrimas de risa por la enésima discusión falsa en el metro, una representación tan sencilla que si le dieran un Oscar por ella se lo regalaría a DiCaprio.

La reina de las cajas de zapatos mira el suelo y echa de menos su trastero, mientras Gabe se acerca con la mochila abultada y respirando hondo y nadie le toca, nadie se acerca a él porque necesita su espacio. Es rutinario, pero a Laura esa rutina le gusta y la agradece, bebe de ella como no bebería de nada más, y cada vez van más veces porque ella cuenta más que Gabe y más que Lester y es Alistair el que le dio el mando, y Alistair la quiere y la cuida como a una hija, y Laura jamás le ha agradecido nada a nadie que no sea a él.


(Esto es un trocito de Gas que no sé si acabaré incluyendo porque no me acaba de gustar, pero lo subo porque quería que conocierais a Laura, la reina de las cajas de zapatos y a Lester :)).)

jueves, 1 de agosto de 2013

Jaleo

Te invito a que cambiemos de planeta
y a dormir en las aceras.

El agua de la ducha se le ha quedado atrapada en el pelo negro y corto y se escapa ahora en forma de gotitas por la curva de su cuello y sobre el puente de su nariz, huyendo de la toalla o yendo a reunirse con la que le cuelga sobre el pecho. El piso en general es una mierda, pero en la ducha el agua sale caliente y  la presión es genial. Se mira al espejo y ha adelgazado y en realidad ese corte de pelo le queda mejor de lo que pensaba. Los ruidos de fuera podrían ser los gorjeos de un niño y una risa femenina, pero no. Porque no tienen niños y porque Laura no se ríe así, y a la otra no se la imagina riéndose (le da un poco de miedo, la otra, porque la mira como si fuera un animalito, como si le dijera entretenme).

Louie está sentado en su cama con esa sonrisa alargada y los tobillos cruzados, unos vaqueros y una camiseta con el nombre de un grupo que ella no ha visto en la vida. Se ríe de su susto y añade, mientras le da vueltas a un mechero entre los dedos que

-Joder, podría haberse caído la toalla, ¿no? Me hubieras hecho feliz.
-Vete a la mierda, Louie. -Se está poniendo roja en la zona de los pendientes y en la base del cuello, y si no hiciera tanto frío las mejillas y la barbilla también. Es sólo cuestión de tiempo, en realidad, que se ponga roja como un tomate por encima de la tela.-¿Qué quieres?
-¿Te vienes de fiesta?

Los ojos de Cher se agrandan un poco en las comisuras mientras alza una ceja, porque sí, sí que quiere salir, claro que quiere salir, que ella nunca ha salido por la ciudad, pero se supone que no pueden en un par de semanas.

-No podemos.
-Yo sí. -Las cicatrices sonríen y él también.- Así que si sales conmigo, puedes.
-¿Viene Gabe?
-Nah, no le gusta el ambiente.

Y ya está. Es una pena porque a Cherry le cae bien Gabe, aunque la mire como si la odiara, porque mira así a todo el mundo y es un poco solitario y se ría con Louie de chistes privados en voz baja a las cuatro de la mañana. Intuye que es el más difícil de todos (excepto la otra, pero la otra sigue dándole algo de cosa) y que hay algo debajo de sus veinte sudaderas que late como si fuera un corazón y no acaba de serlo por entero. Pero no le gusta el ambiente y es Louie el que le deja espacio para que se vista y la espera en la puerta, y sonríe cuando la ve arreglada.

La lleva por ahí y se emborrachan y hablan un poco de todo, de los huesos de la cadera de Louie y de aventuras que supone nunca han pasado en realidad. Él le pregunta por sus amigos de Crenbay y es la primera vez que habla de ello sin problemas, porque comparten un cigarrillo en la puerta de un local bastante sucio y es muy fácil hablar con él cuando se agacha un poco y te mira a los ojos y te sonríe, o te pone una mano en la cintura de esa manera que sabes que está ligando pero te da un poco igual. Es fácil y es fluido y es un poco lo que ella estaba buscando cuando se largó de casa.

También le saben los labios a esa libertad seca, a tabaco y a alcohol, y sigue con la mano en su cintura cuando llegan a casa, y se ríe entre sus sábanas, pero los ojos le dicen no te olvides de que soy un cabrón y no te esperes nada mañana, y a Cher le da enteramente lo mismo, porque ni lo quiere ni lo esperaría, y ya lo sabe, así que se deja clavar en el colchón y luego se duerme tranquila, el sabor del alcohol y de la piel de Louie en el fondo de la garganta, un sonido de tacones ahogados a lo lejos y él yéndose a su habitación.

La mañana siguiente se escucha turbia -una voz de soprano llena de reproches, la risa ronca de Louie en un desafío y los pasos ligeros de Gabe saliendo por la puerta como intermedio- entre sus sábanas, pero no se mueve hasta mediodía. Para qué.

viernes, 19 de julio de 2013

Cáete nada más llegar a tu destino, lidera revoluciones.

A Corina Rina Bourbon la llamaban la nueva Cassidy Cassidy. Era una explosión. Se reía muy alto y en la primera foto suya que se había hecho viral llevaba el pelo teñido de naranja. Algunos decían que había sido culpa de Freek Vinter. Y, por supuesto, había sido culpa de Freek Vinter.

A Cassidy Cassidy, que sabía que había sido una moda y una cara bonita, que sabía que, digan lo que digan las películas, los iconos no duran, todo el asunto le hacía mucha gracia. Por supuesto. Rina era mucho más guapa, que era lo que contaba. Mucho más inútil, pero eso ni interesaba ni lo sabía nadie.

Gato, por supuesto, no tenía ni idea. Sabía quién era Rina Bourbon, pero a los gatos nadie les cuenta los entresijos de los demás y él estaba demasiado ocupado con sus tejados como para que le interesaran. Rina lo sabía porque había tenido internet. Le gustaba un poco. Rina Bourbon, la nueva Cassidy Cassidy.

Nadie la comparaba nunca con su hermana. Normal.

Oona Bourbon se había tomado todos y cada uno de los fines del mundo como unas vacaciones. Podría sonar cínico pero a ella y a su cazadora llena de remaches les daba enteramente lo mismo. A Oona Bourbon le habían dado una medalla una vez y había acabado empleándola como chincheta para colgar una lista de la compra que era siempre igual, palomitas, whiskey, tabaco y café. Todos querían a Oona Bourbon porque la necesitaban y ella aún no estaba segura de haber luchado en el bando correcto, cinco años después.

Era la mejor amiga de Cassidy Cassidy. Las primeras revueltas la habían cogido donde estaba por casualidad. Mandaba bien.

Nadie se atrevería nunca a comparar a las hermanas Bourbon.

Cuando Rina y Gato llegaron a La Casa, Gato no sabía nada de esto y Rina se cayó por las escaleras. Mientras la ayudaba a levantarse, Oona apareció en la puerta y mordió una sonrisa mientras comentaba que

-Eso es una metáfora de tu vida, hermanita.

jueves, 11 de julio de 2013

Your hair is on fire, you must have lost your wits, yeah?

All the other kids with the pumped up kicks,You better run, better run, outrun my gun.All the other kids with the pumped up kicks,
You better run, better run, faster than my bullet.

Las noticias zumban en el televisor mientras Gabe se pregunta si con unos cuantos años más él no hubiera sido uno de esos niños con una pistola. Tiene la capucha calada pese a estar dentro de casa y las mejillas húmedas, los ojos aguamarina enrojecidos.

No tiene manos para liarse un porro, ni valor para ir al cuarto de su mejor amigo.

Y aún así, entiende el navajazo. Hay gente que defiende lo suyo como un verdadero león, y él no debería meterse con ellos. Gabe sabe de normas y aprende rápido. No sabe bien de golpes que se devuelven, así que lo archiva, lo archiva todo.

Una madre llora por su hijo y él sabe que podría haber salido peor, que podría haber salido más tóxico, mucho más.

En el fondo Louie tiene razón y sí que tiene cosas que deberle a Alistair. Gabe podría haber sido peor. Al menos tiene un techo y una cama para él solito.

Suspira mientras el reloj marca las cinco de la mañana y se sorbe la nariz, augurando el resto de lo que le queda de noche en vela, preguntándose por qué se pone las noticias y no la MTV. Igual es por no ver Sixteen and Pregnant. Eso sí que le da pena.

Las reposiciones del canal 24h tienen algo de amargo en los bordes de la imagen, un aire de novedad que ya no lo es, todo lo contrario a releer un libro, porque releer un libro es reencontrarse con un buen amigo, un puñado de letras conocidas a las que regresas porque te marcaron. Una redifusión en la cadena de noticias a Gabe le hace removerse en su asiento y llorar por cosas que prefiere no entender. Siempre eligen las peores para sus noches en blanco.

Le da a un par de botones al azar y acaba en un canal de música que no le suena de nada (seguro que es cosa de Lester, porque Lester se traga todos los vídeos musicales del mundo sólo porque así corroboro que todo lo que se escucha por ahí es mierda) pero en cuanto ve que esos que empiezan a tocar en un vídeo tan raro son Foster The People hace una mueca y cambia a otro. Ah, Kanye West. Ah. Mucho mejor.

(Es gracioso porque sin toda esa mierda hipster y toda esa puta manía de las ovejas esas con gafas de pasta de ir a tiendas a las que antes sólo iban los que escuchan buena música y algún que otro OVNI no hubiera empezado todo esto, todo esto que es tan nuevo.)

No sabe por qué, pero acaba viendo las noticias otra vez cuando empiezan a poner a Madonna. En algún momento entre el testimonio de unos niños de un orfanato sobre la visita de no-sabe-quién y las imágenes de un ComicCon se queda dormido, con las mejillas casi secas y la capucha aún puesta.

((Sale a las ocho de la mañana como un fantasma, un fugitivo, un nudo en el estómago, gotas de agua enredadas en su pelo y una camiseta que le gusta bastante, y cuando Eric le pregunta, todo ojos castaños y preocupados, que qué le ha pasado, está a punto de echarse a llorar y contárselo todo, desde el principio.

En su lugar le sonríe de medio lado y se sube al coche por la puerta del copiloto, dejando caer que hoy seguro que no me dejas conducir, ¿verdad, mister Gafapasta?))

martes, 9 de julio de 2013

Los que hundimos barcos luego volamos alto.

Y era una tarde tonta y caliente,
de esas que te quema el sol la frente.
Era el verano del noventa y siete,
y yo me moría por verte.

El calor era espeso y casi líquido entre los pocos turistas que poblaban terminal. A Gato siempre le había parecido que no hay nada más triste que un aeropuerto semivacío, pero ahí estaba, sentado en un incómodo asiento azul, con una bolsa de deporte desvencijada entre las piernas.

Le habían dicho que sería pelirroja y no le habían dado más señas.

Y allí estaba ella. Caminaba con unas botas acordonadas hasta la rodilla pese a la temperatura, de un negro que absorbía la luz, o casi, y llevaba un trozo de tela que. siendo amable, podría llamarse camiseta y que le cubría casi hasta el ombligo. El nombre del grupo de música estaba tan borrado que ni se adivinaba. Indecente. Tanto como los shorts rosa chicle que dejaban ver los prominentes huesos de la cadera, uno cubierto por una tirita y el otro tatuado. Un tigre en blanco y negro. Gato tragó saliva. Allí estaba ella.

Había un problema. Le habían prometido una pelirroja y Gato distinguía muy bien el rojo del castaño claro. Pero ahí estaba, plantada delante de él. Porque era ella, y el tigre parecía casi amenazante. Sonreía.

-No eres pelirroja. -Porque Gato era muy bueno saltando tapias y sobreviviendo pero su elocuencia era escasita.

Ella se rió.

-Sigue sin ser una de las peores frases para ligar que he oído. Con un par de meses hasta podría encontrarte a alguien que no entendiera el idioma para que te echara un polvo.

Se llamaba Rina. Rina Bourbon. Y tenía historias que contar.


jueves, 4 de julio de 2013

Límite

(Aguanta, aguanta el tipo, pequeña. Aguanta porque es lo que se espera de ti. Aguanta, aguanta el tipo. Que no vean que te rompes. Que no vean que estás loca. Aguanta porque es lo que te enseñaron. Aguanta porque no sabes hacer otra cosa.)

Tienen los ojos igual de grises y se miran directamente, sin cortinas de humo. Entre bambalinas (o apoyado en el marco de la puerta), Louie se muerde las uñas. Gabe contiene la respiración. Laura está enfadada y Cher, la pobre Cher, no entiende nada. Como siempre. Tienen los ojos igual de grises y él casi se está riendo cuando dice que

-Tienes razón. Eras una buena madre.

(Y ella aguanta, aguanta el tipo. Lo aguanta por el resto aunque no lo reconozca. Lo aguanta porque es lo único que puede hacer. Aguanta el tipo y, por enésima vez, jura venganza.)

lunes, 24 de junio de 2013

Como si Colin creyera todavía en las pérdidas.

Pitia escupe la sangre y se sentiría patética si sintiera algo en absoluto, algo que no fuera el sabor metálico del paladar y las manos de Colin recogiéndole el pelo en la nuca. Casi puede imaginárselo, detrás de ella, con esa expresión indescifrable de cuando está triste.

Claro que está triste.

-Debe de ser una putada que todo lo que te queda en el mundo se esté muriendo, ¿no, McGrawson?

(Porque Rasputín no cuenta
y en realidad Loras nunca contó.)

martes, 4 de junio de 2013

and nobody has to guess that baby can't be blessed.

Conduce con calma, rodando por las calles como si supiera exactamente a dónde va. Pero no tiene prisa, claro que no tiene prisa, porque no la tiene nunca, y Cher se siente más incómoda que en toda su vida, viéndola de perfil, los ojos fijos en la carretera y el mismo gesto adusto que cuando la conoció. Se siente fuera de lugar, en ese coche tan grande con esa chica tan pequeña.

-Mira, Cheryl. -Empieza a hablar y ahí está otra vez, ese odio contenido que no, no va hacia ella, por supuesto. No la mira y gira el volante.- Sé qué clase de persona eres. Te sentías demasiado grande para el estanque tan pequeño que era tu pueblo y lo entiendo, y te fuiste a la ciudad, pensando que te reencontrarías con tu padre o que un tío muy majo te alquilaría una buhardilla indie y que trabajarías en un Starbucks durante un tiempo, antes de despegar, conocer a alguien y ser una de esas protagonistas jovencitas de comedia romántica. Vale. Lo entiendo, mira, es un buen sueño. Modesto, pero un buen sueño. Tendrías que haber leído menos, en mi opinión. -La voz de soprano se rompe un poco en esa última frase, como si le doliera algo dentro.- La primera parte del plan se torció y te encontraste con Louie, que es un actor bastante malo pero miente bien, y sabe fingir que es toda esa libertad que buscabas, y aceptaste la mano que te tendía. Eras muy grande para Crenbay, pero eres muy pequeña para todo esto, chica. Lo siento. Y sé que lo pasas fatal cuando Alistair te pide un favor y eso es absolutamente normal, pero también sé que eres la clase de persona que ve buenas intenciones donde parece que las hay. Eso es un error. No quiero que te equivoques conmigo. No estoy haciendo nada por vosotros. -Y la mira de reojo y Cher traga saliva, porque no sabe si tiene razón pero algo le dice que sí, y nada en su expresión le está diciendo que le mienta, que tenga algún motivo para ello.- Si os protejo es porque no tengo otro remedio. Y si os ayudo... Mira. Es un daño colateral. -Como la bofetada de Alistair que aún lleva en la calcárea mejilla (Cherry no la vio pero la oyó, y, joder, dolería seguro), como Lester despareciendo o la navaja en la mano de Gabe.- Me da enteramente lo mismo ser vuestra salvadora o la mala de vuestra opereta. No busques más, porque no hay. No me importáis lo más mínimo. Pero, Cheryl Bledvins, si me haces un favor, ten por seguro que te lo devolveré. Y también funciona al revés. Jódeme y estás jodida. -Le dedica una sonrisita encantadora antes de parar frente al apartamento y baja después de ella.

El décimo escalón cruje bajo sus pies cuando entiende que es cierto, que ellos se han metido en su plan de venganza y no van a poder evitarlo. Se gira para mirarla, la diferencia de altura aún más evidente porque Cher está más arriba, como si eso pudiera cambiar las cosas. Ella ladea la cabeza, un suspiro de paciencia y esa expresión otra vez. Sorpréndeme.

-¿Vas a seguir con esto? ¿Caiga quien caiga?
-Veo que ya lo vas entendiendo.

(Los imperios se rompen desde dentro y la pequeña señorita lo sabe bien.)

martes, 28 de mayo de 2013

D.D.P.

Drea Schaffer no es más que un fallo del sistema.  Drea Schaffer es la que sabe que todo está mal, que no es nadie. Drea Schaffer tiene miedo.

Y los dedos -garfios de hueso y piel, apenas un gramo de carne insinuado- de Dédalo lo saben y buscan en su cuello un sitio por donde hacerla estallar con su voz sedosa y siseante, una alteración fingida que se arrastra como un silbido por la caracola de su oreja. Voz de serpiente y ojo de lobo hambriento, y esa, justo esa sonrisa de loca que se ríe de la garganta que tiene entre las manos. Drea podría gritar.

Drea podría gritar porque vive sola rodeada de gente, porque no era una chica de tópicos pero después de vender el color de su pelo (era negro, negro intenso, negro rebeldía y negro noche. Era bonito de una manera tan rotunda de no serlo que ahora la asustaría) resultó que sí y ocupa un minúsculo apartamento debajo del mismo tejado que lleva coronando ese edificio (que se caería a pedazos si las grietas no estuvieran demasiado cómodas como para permitirlo) más de cien años y sobre el que la lluvia siempre desafina. Tiene una vecina justo en frente, que es tarotista o-algo-así y que arrastra las palabras cuando contesta al teléfono que comparten en el rellano. Drea podría gritar.

Antes de vender su color de pelo y su calcetín izquierdo -aquella noche, ¿no? aquella noche que se reía como si no le fuesen a quedar pulmones, de compañías desconocidas y nombres sin rostro a los que también les faltaban letras- Drea no gritaba excepto cuando lo hacía, y meneaba una figura pequeña pero matona y a veces abría la boca un poco así, como ahora, y fingía que estaba asustada. Los dedos de Dédalo llevan guantes en los impares y nadie lo entiende y mucho menos ella, pero le acarician la yugular como si dijeran ¿tienes miedo?


Siempre.

-Dónde está tu cuaderno, Drea. -Canturrea la bruja tuerta una y otra vez, sin esperar contestación aunque sea obligatoria.- Dónde, dónde, dónde, dónde. ¿Lo has perdido, Drea?

Qué hay en el cuaderno de Drea, no lo sabe ni ella. Sabe pocas cosas de algo que es muy suyo, tapas marrones y folios blancos manchados de carboncillo, un buen intercambio. Algo le dice que no lo está usando bien. Dédalo le dice que no lo está usando bien, pero se lo dice sin palabras y sin gestos, se lo dice con ese ojo de depredadora que también le comunica que si no te he comido es porque no tienes carne.

Tal vez se lo advirtieron, tal vez la acusaron de loca -no, la bruja tuerta no, porque la bruja tuerta es una sicaria de mala muerte que no tiene nada que hacer y a la Drea de pelo blanco le da hasta un poco de vergüenza tenerle miedo- y le dijeron que era un precio alto, pero Drea quería sueños y sueños compró, porque hay una tienda en una esquina que casi los regala, Dre, y podríamos, ¿sabes? Ser todo eso.

-Vaya manera de desperdiciar un color de pelo tan bonito, Schaffer. Te creías que comprabas sueños y te llevaste de regalo un poco de cordura. Los cuerdos nunca sobreviven al mundo de los locos, ¿sabes? Es el destino. Los soñadores sois un montón de cuerdos y un buen día compras un cuaderno especial y, año y pico después, arreglas la sinfonola equivocada. Y cometes errores. -Hay un dedo par justo bajo su mandíbula, uñas morado chillón y descascarillado que pinchan- Los cuerdos y los soñadores no llegáis a ninguna parte, y has perdido el cuaderno y eso está prohibido, Drea.

Dédalo se ríe porque se ríe siempre y Drea no grita, porque tiene los ojos verdes enredados en el único que tiene la bruja y no se atreve a gritar pero no cierra los ojos, tal vez porque aún tiene esperanza, tal vez porque sí que sospecha dónde está el cuaderno.

Tal vez porque Drea tiene miedo y comete errores, y está cuerda,
pero sabe mirar a la muerte a la cara.

Sabe cómo suenan los huesos al romperse, el mismo crujido siniestro que es irónico que evoque alguna infancia de la que jamás hablaría, el mismo crujido siniestro de hace un año, de la chica que se estrelló contra el suelo y a ella le pareció que se reía. Sabe cómo suenan.

Lo sorprendente es que no son los suyos.

jueves, 23 de mayo de 2013

Hysteria Jazz.

La culpa fue vuestra por juntaros con los tres jinetes de la nada que reinaban en un cotarro de mierda. Cosmópolis por aquel entonces sobrepasaba los dos millones de hormiguitas y ellos no pisaban ninguna porque no querían. Tres sicarios sobrenaturales a los que cometisteis el error de no temer, mientras ellas se reían y él meneaba la cabeza, porque nunca le disteis tanta pena como cuando acudisteis a ellos.

Para algunos de vosotros no era más que un juego, ¿verdad? Una broma, un chiste más de aquella espalda cicatrizada como un mapa, de aquellos dientes afilados que convencieron a una hermana pequeña que era explosiva y se dejaba arrastrar para que comprara sueños a cambio de su pólvora. Una necesidad, la búsqueda incesante de un ancla, algo que hacer para un niño perdido que todo el mundo había olvidado. Fuego, para él, el que ardía sin llama, para que tuviera razones.

La culpa fue vuestra y fuisteis a su tiendecita de la esquina demasiado pronto, demasiado tarde, en situaciones demasiado diferentes, en busca de un puñado de salidas. Venderle el alma al diablo nunca es una solución.

Ciel siempre fue un alma en pena y siempre se ha arrepentido de lo que os hizo, y Dédalo se reía porque hubo algunos que se lo hicieron pagar. Sus jefes se vengaron cuando ellos volvieron llorando a casa como niños pequeños.

Hysteria Jazz entra al Gorges' y hay un reflejo de fatalidad en su pelo por debajo de las orejas y su falda sobria. Camisa blanca, tacones que suenan a cascos de caballo, una sonrisa que nunca llegará a serlo cuando nadie sabe quién es, cuando la sinfonola vuelve a estropearse y Colin se agarra con fuerza a la barra, como si se creyese que algo pudiera salvarlo. Danny y Felicidad se miran, qué hace una ejecutiva así en un antro como el suyo, pero ella se pide una cerveza, una cerveza de una marca específica que todo el mundo sabe que no tienen pero que el camarero le pone delante sin decir nada.

Una vez una puta, siempre una puta, ¿no, Flame?

jueves, 16 de mayo de 2013

hay una tienda en la esquina que casi regala los sueños, y podríamos, Dre. Ya sabes.

La chica que vendió el color de su pelo ya no sabe bailar tangos y ayer arregló la sinfonola del bar que hay entre la librería a la que le gusta ir a Mireille y el cementerio de muñecos que Rasputín no pudo arreglar. Ahora el cuaderno no está y se le agolpan unas lágrimas que no tiene mientras revuelve entre sus escasas posesiones -tres pinceles que a lo mejor son más viejos que su abuelo, esté donde esté, un bote de pintura roja, un par de libros descoloridos y ajados (el de poesía siempre finge no haberlo leído nunca, el otro estaba ahí cuando llegó) y algo de su ropa minúscula y siempre demasiado fina- porque la chica que vendió el color de su pelo acaba de romper el contrato más importante de su vida (y el único que ha tenido). Si cierra los ojos puede percibir por el rabillo su imagen, pero se le acumulan otras, la de los ojos casi marrones de un camarero que le dio la sensación que se reía de ella, la del chico de la espalda ancha que tanto le sonaba pegado a un pinball. Pierde la concentración y su antiguo yo se alegra de que por lo menos ahora estén asustadas por un motivo.

Podría llamar a Ras. Podría llamar al viejo St para que se riera de ella con ganas y su risa aún crepitara más a través del auricular del teléfono prehistórico del descansillo. Podría intentar que su vecina le tirara las cartas.

Los dedos de Dédalo -una insultante mezcla de piel y hueso, como garfios y sólo enguantados los impares- se aferran a su cuello como si ya supieran qué va a pasar ahora. ¿Está asustada, la chica que vendió el color de su pelo?

jueves, 9 de mayo de 2013

La soledad del bar es casi tan amable como la de su minúsculo apartamento no muy lejos de allí. La oscuridad casi completa y una caja de cerillas cerca, la luz del cigarrillo todo lo que necesita en ese momento. Se está poniendo perdido de ceniza, porque siempre se pone perdido de ceniza y no pasa nada, que es lo que toca y lo que pasa siempre, como si los cigarros ardieran más rápido junto a él. Hay quien diría que todo arde más junto a él.

La soledad del bar es agradable, hasta que no lo es. Un crujido y un montón de recuerdos que nadie ha invitado que lo invaden como una marea, lenta, imparable. No es más que un crujido.

Pero Colin es un niño de seis años de la mano de su madre, con el pelo rizado sobre los ojos y un hombre altoaltoalto junto a él. Mike. El padre de Loras. Loras, que también está ahí, pequeñito y con esa mirada enorme que aún conserva, sentado sobre los hombros del (aún) novio de su madre.

Es algún tipo de manifestación, o un discurso, o cualquier otra cosa, porque hay mucha gente y él es muy pequeño y la mano de su madre es suave y firme a la vez contra la suya, y ella lo mira y le sonríe y es una sonrisa real, que reconforta y alienta, una sonrisa que Colin no ha visto en muchos años en la cara de Olivia. Oye voces a lo lejos, un ruido blanco que su yo de seis años y medio ni siquiera tenía en cuenta, y a Mike riéndose de algo. El recuerdo pincha en las esquinas y se clava fuerte en su cabeza.

Colin, el Colin real, más de quince años mayor, tose y se hunde las uñas en el antebrazo. Fuera, fuera. Fuera recuerdos. La piel se rompe.

Y Colin es un adolescente muerto de miedo, catorce años de piel y huesos que se gana la vida como puede (de esa única manera), una historia ligeramente más escabrosa por delante que acaba cuando estrella un coche en llamas contra un supermercado.

El torrente es rápido y frenético y si duele, duele de otra manera, no con nostalgia sino como si tuviera un lazo en la garganta, uno que aprieta y un peso extraño sobre los hombros (un viejo conocido). El recuerdo de la adrenalina y del coche y del fuego se queda en su cabeza un poco más.

Se apaga el cigarro en el brazo y aprieta los dientes, con fuerza. No, ya no, ya no está ahí. Contiene el aliento antes de que venga una tercera parte. Siempre hay terceras partes, Colin no cree en las treguas de su propia mente. Durante un rato no hay nada, nada excepto la claustrofobia y el humo disipándose poco a poco, hasta que el tercer recuerdo llega y

Y Ámbar Tyson está plantada justo frente a él, el ceño relajado y la mano izquierda en la cadera, el pelo teñido de rojo tan brillante como siempre. Lleva una chaqueta blanca remangada y hay una papelina en el suelo. Exactamente igual que la última vez que la vio. Porque esa es la última vez que la vio, a Ámbar Tyson, que le plantó el beso más raro que le han dado en la vida, antes de decirle que que le jodan al mundo, Colin, ya nos veremos en la próxima vida y saltar de la azotea.

Como siempre, lo que lo ancla al presente es el crepitar de la cerilla que se las ha arreglado para encender, raspándola a ciegas contra el borde de la caja. Se apaga rápido y entonces cae en la cuenta de que el ambiente se ha hecho mucho más pesado y denso, que no era sólo su imaginación y esa vocecilla que no se apaga nunca y que vive permanentemente en su cabeza y que ahora lo único que se limita a decirles es saldeaquísaldeaquísaldeaquí. Este, supone él, es el mejor momento para buscar una linterna o de preguntar un estúpido y tembloroso ¿hay alguien ahí?

Para qué, si ya lo sabe. Se termina la cerveza -que de repente está fría como el infierno- de un trago y se enciende otro cigarro, con calma, casi con parsimonia. Para qué, si ya lo sabe. Para qué, si busca otra cerilla y la prende y la sostiene a la altura de  los ojos. Es mejor defensa de lo que parece, y él lo sabe o lo sospecha, por cómo frunce el ceño cuando ladra un

-Qué queréis de mí.

(Y es el momento para un cambio de planes.)

sábado, 4 de mayo de 2013

Los ciento cincuenta sueños rotos de Isaac y la pesadilla que seguía entera.

La flecha (era una flecha, Xerxes podía jurarlo aunque no se creyera que alguien pudiera emplear algo tan rudimentario, aunque no hubiera visto en su vida una flecha, aunque hubiera leído sobre ellas porque sí, Annie, ahora resulta que leo libros) se hundió en el hombro de Isaac nada más pisar el suelo polvoriento del almacén.

El eterno soñador sonrió. El hombre tranquilo miraba tan divertido como siempre, mordiéndose la cara interna de la mejilla y disfrutando del espectáculo de Annie, toda ojos pardos llenos de furia y una mueca que enseñaba los dientes afilados de tiburón, y de Pandora, un remolino de párpados caídos y agresividad por todos los poros, porque Dios nos libre de aguas mansas (y eso que no lo era); volviéndose locas. Nadie tocaba a su Isaac, al parecer. A Xerxes le hubiera dado envidia si sus heridas fueran anteriores a todo aquel desastre.

A ellas las sujetó él, porque su amigo no parecía tener muchas ganas de moverse (la flecha en el hombro, claro, cualquiera querría).

La chica rubia que estaba ahí, parada en medio de la nave con una mano en la cadera y una ballesta descansando en la izquierda, el pelo rubio cayéndole por la espalda de tal manera que a Xerx le entró vértigo y la expresión desencajada. No había más flechas. Bueno.

El suspiro hubiera sido general, entre ellos y los Rebeldes, si no fuera porque la chica arrancó a correr hacia Isaac. Si no fuera porque levantó el polvo en cada zancada y aún levantó más cuando lo tiró al suelo, pegándole con fuerza.

Él se dejó golpear como siempre admitía el primer golpe, sin devolverlo y sin moverse. También soportó el segundo, y el tercero, e incluso el cuarto, aunque su mandíbula soltó un crujido no muy halagüeño. Casi le hacía gracia, al muy cabrón, o al menos lo parecía. Tenía un reflejo de sonrisa hacia la derecha (¿o hacia la izquierda?). Ella gritaba. Se desgañitaba mientras su puño se alzaba y caía, en un ritmo casi frenético.

-ISAAC TURNER ERES UN GRANDÍSIMO HIJO DE PUTA.

El eterno soñador terminó de sonreír y se incorporó -no parecía importarle ni la flecha, ni la sangre de la nariz, ni el ojo que iba a cerrársele, ni una rubia de estatura media vestida de cuero que estaba sentada sobre su estómago- sobre los codos.

-Eh, C. Se supone que esa es la idea.

Nadie suspiraba de alivio, excepto esa nota discordante y minúscula que era Xerxes. Pandora se desinfló pero sus ojos seguían pidiendo explicaciones. Annie tenía preguntas brillándole en la punta de una lengua, como siempre. Lo que el resto no sabía es que jamás llegaría a escucharlas, porque las preguntas que Annie le hacía a Isaac, las preguntas de verdad, que prometían el derecho a obtener respuestas a cambio, las hacía a solas.

Casi pareció que la chica se echaba a llorar antes de soltarle otro puñetazo. Isaac le plantó un manotazo en la frente, quitándosela de encima como si no fuera la primera vez que lo hacía.

Siempre habían sabido que Isaac tenía historias que contar.